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Yo he curado enfermos, he volado por el aire y he conversado con personas muertas… ¡sin abandonar el confort de mi dormitorio! No, esto no es una propaganda de una máquina del tiempo en una funda de almohada que vuela, sino meramente una breve sinopsis de los sueños que tuve la semana pasada.

Cuando dormimos, nuestra corteza cerebral prefrontal está dormida. Esta parte del cerebro es la que facilita el pensamiento lógico y racional. El hecho de que esté inactiva hace que fluyan sin ningún filtro dentro de nuestros sueños toda clase de pensamientos crudos, aleatorios y extraños.

En nuestros sueños, los opuestos no se atraen sino que encajan el uno con el otro. El Talmud afirma que el ensueño es allí donde “el elefante pasa por el agujero de una aguja”. En el sueño, lo absurdo es aceptable.

Los sueños de José acerca de su familia y de sí mismo fueron uno de los principales catalizadores para el exilio a Egipto. Los sueños del Faraón también jugaron un rol clave en el exilio del pueblo judío a Egipto. Según Rabí Shneur Zalman de Liadi, fundador del jasidismo Jabad, el ensueño es análogo al exilio. Esto explica por qué esos sueños constituyeron una vía fundamental para el descenso del pueblo judío a Egipto.

El exilio, al igual que el ensueño, tiene que ver con la convergencia de ideas encontradas. En el exilio, sentimos que tiran de nosotros en diferentes direcciones.

El día comenzó fabuloso, lleno de plegarias sentidas y meditaciones muy significativas. Pero a eso de las 10.00 de la mañana, después del segundo café con leche, la plegaria parecía igual de posible que una excursión de golf de diez días de duración en Palm Springs, y así sucesivamente. Nos transformamos en ese elefante talmúdico, tratando de meter la cabeza dentro del agujero de la aguja de la vida.

No deduzcan de esto que la vida en el exilio carece de sustancia real. Este mundo es real. Entonces ¿qué podemos aprender de toda esta plática respecto a que los sueños se disfrazan de “vida real”?

El mundo, al igual que el ensueño, no es algo normal, ni debemos encararlo de esa forma. La vida rara vez procede en línea directa. Del mismo modo, no debemos sentirnos forzados a seguir una progresión lógica y directa en nuestro desarrollo espiritual.

Este mundo también tiene el mismo potencial absurdo que los sueños. La yuxtaposición de opuestos abre la puerta a un cambio fundamental. No estamos encerrados en un sistema de castas de jerarquía social. Podemos ser quienes mueven los hilos, en la carretera principal, en una bata de baño rosa, cambiando las vidas de los demás y las de nosotros mismos. No estamos confinados a nuestras peculiaridades psicológicas, sino que podemos deshacernos de ellas con la misma rapidez que la semana pasada maltraté a un gorila. Todo es posible. Si puedes soñarlo, entonces puedes hacerlo.

POR SIMCHA LEVENBERG
Rabbi Simcha Levenberg es escritor en la búsqueda de un sentido a la vida en Los Angeles.